“Es un premio para el alma”

Hay experiencias que valen la pena vivirlas, que son únicas y son irrepetibles. Correr una maratón, que son 42 kilómetros, es una decisión que hay que tomar con muchos meses de anticipación porque no solo hay que anotarse y pagar una inscripción bastante cara, sino que también hay que entrenarse, comer sano, dormir un mínimo de 8 horas y ponerse el chip que correr es realmente importante para ti.

New York no es cualquier maratón, es la maratón que todo corredor sueña con correr al menos una vez en la vida. En mi caso, yo represento la maratón para el Uruguay y esta vez fue la 4ta vez que la corrí, que tengo mi medalla, mi certificado, pero más que nada, la experiencia increíble de lograr subir todos los puentes, pasar por todos los barrios más famosos de esta ciudad, comenzando en Staten Island, la emoción del puente de Verazzano donde están barrios como Brooklyn, el barrio de los judíos, el barrio de Queens, cruzar a Manhattan por el Queensboro, agarrar la 1th Avenue, sabiendo que pronto vas a llegar a los 30km, seguir con el Bronx, atravesar Harlem y en la calle 90 entrar al famosísimo Central Park, a tan solo 5kms de distancia de la meta.

¿Qué puedo decir? ¿Qué se siente? Son mínimo tres meses de entrenamiento, y entrenar significa hacer entre 60 y 70 kms por semana. ¿Cuántas veces por semana es eso? Entre 4 o 5, sumándole correr unos 20kms los sábados.

La alimentación sana es fundamental, y si se pueden bajar algunos kilos para llegar más liviana mucho mejor. Hay que ser consciente que correr 42kms es un esfuerzo tremendo que implica el cuerpo y la mente. Ambos tienen que moverse por varias horas y sin parar, pase lo que pase.

Este año fue particular porque llovió durante las 5 horas que corrí la maratón. Nunca paró, nunca nos dio tregua. Sin embargo, no hacía frío como en otros años, donde corrí con temperaturas bajo cero, lo que hace que sea un desafío terrible. Es común que en noviembre haya muy pocos grados.

La gente se pregunta qué es lo que te lleva a correr una maratón, pero sin embargo, éramos más de 50.000 personas que viajamos de todas partes del mundo para lograr este desafío con uno mismo.

Esta es una carrera contra nosotros mismos, no le tenemos que ganar a nadie, simplemente tenemos que llegar. Por lo menos para mí es así, y es por eso que no llevo ni reloj. Esta vez traje mi celular para sacar alguna foto al comienzo, pero cuando llegué a mi meta el celular se había apagado hace rato, así que no me sirvió ni para registrar el tremendo esfuerzo que significa que todos vamos llegando, salir del Central Park con frío, totalmente empapados, tratando de llegar con desesperación a ponernos un poncho que nos dan para abrigarnos, tomar mucha agua, comer algo de los alimentos que nos dan para animarnos.

Seguimos caminando para encontrarnos con nuestros familiares y amigos, para que nos abracen, para llorar de emoción. ¿Por qué llorar? Porque nos aflojamos al llegar a la meta y se te caen las lágrimas de alegría porque el objetivo está cumplido.

Antes de la carrera hay una adrenalina que es impresionante y que se siente desde el día anterior. Había sufrido una tendinitis al principio del mes de Octubre, estuve sin entrenar 10 días para curarme y luego comencé a trotar de nuevo. El plan era hacer poco para así dar todo durante la carrera, y eso fue lo que hice.

En el día anterior a la maratón no se hace mucho, ya que es un día en el que hay que estar lo más tranquilo posible. Hay que caminar poco, descansar mucho, hidratarse mucho, comer sano y a la noche comer un gran plato de pastas, tipo spaghetti con aceite o manteca y queso. Igual, lo más importante de todo es acostarse bien temprano y dormir.

Los nervios son muchos, ¡y eso hace que muchos corredores duerman horrible la noche anterior! En mi caso pude dormir bastante, pero los nervios pueden llevarte una mala pasada.

A las 6 de la mañana nos levantamos para desayunar y, aunque no tengas hambre, tenes que comer pan fresco o tostado, carbohidratos, intentar ir al baño y salir hacia el punto de encuentro con tus amigos que puede ser algo simple como tomarse un autobús en el National Library, que es la en la 5th Avenue y la 45 street, o como fuera el caso nuestro, tomarnos un subte en la Grand Station hasta Bowling Green que es Battery Park, en la punta del Manhattan. Al encontrarnos, cruzamos en ferry junto con miles de maratonistas a las 8:40 de la mañana, donde nos esperaba un bus que nos llevó al lugar desde donde en varios colores de corrales van saliendo los grupos de maratonistas.

Nosotros al tener un tiempo de 5 horas o más estábamos en el último corral de las 11 de la mañana, al cual al llegar el bus, solo tuvimos tiempo de ir al baño por última vez y posicionarnos en el corral Orange, que era el correspondiente a nuestro horario.

Mucha emoción, mucho nervio, mucho grito. Finalmente tiran la bomba, que es una gran explosión, y largamos a las 11:05 en punto a correr previo escuchar el himno americano cantado por alguna famosa. La gente grita, la gente está emocionada y toda la aventura comienza.

Empezas a calentar el cuerpo lentamente, cada vez te das cuenta que vas mejor, que tenes toda la fuerza y concentración para lograrlo. El reloj, en mi caso, no lo miro mucho por cábala. Voy sintiendo mi cuerpo, voy rezando, voy pensando, voy escuchando las bandas de músicos callejeros que hay cada pocas cuadras, eso te va alegrando la corrida, miro la gente, a los corredores que voy pasando o que me pasan, si son gordos, viejos, flacos, rubios, locos, qué championes usan, si están o no disfrazados, etc.

También miro de donde son y en que idioma van hablando, paso por al lado de varios argentinos, que siempre son claramente identificables, aunque no tengo idea por qué, pero es fácil. Hay hermanos, padres con hijos, abuelos con nietos. Es algo inolvidable ver a la gente bajo la lluvia alentándote, sean niños, jóvenes, bandas, o simplemente DJ’s. Bailan, aplauden, te gritan “go, go, you can do it, good job”. Es algo brutal.

Van pasando los kilómetros y recién en el 30.  Ahí es donde me doy cuenta que ya pasé la mitad, ¡que ahora comienza la verdadera carrera que son los últimos 12 kilometros donde das la vida! Donde no podes parar porque si paras no sabes si vas a poder mover las piernas de nuevo. En ese momento me tomo un Power Gel asqueroso, pegoteado, inmundo, y me lo bajo con bastante agua. Unos sorbitos para no tener que ir al baño más adelante.

Los que van gritando como “Cheers” me empiezan a molestar, los gritos me ataladran la cabeza, empiezo a mirar pasar los kilómetros porque decido entrar al Central Park y tomarme otro de esos asquerosos Power Gel para tener energía y aguantar.

De la misma manera que creo que voy a llegar, me pregunto una y otra vez porqué estoy haciendo semejante locura. Y miro a mi alrededor y todos estamos iguales, pidiéndole energía que ya no tenemos a los que nos gritan “go, go, you can do it, it’s only 4 more miles”.

Los colores de los árboles de otoño en el Central Park son maravillosos pero ya no los disfruto, solo estoy viendo como llegar. Entonces pienso en que si son 5 kilómetros es como correr media playa de Carrasco, que eso seguro puedo hacerlo, y sigo y sigo y sigo, y finalmente salgo a la calle por la N° 59 hasta el Columbus Circus, subiendo por el West de Central Park y sin saber hasta donde tengo que llegar para ver la última parte.

Finalmente lo logro, allí están las banderas de todo el mundo, y veo que me acerco a ellas, ¡y llego!

¡Sí! ¡llego! llego con tantos otros corredores, y tantos que vienen atrás mío. Tan impresionante que logro llegar antes de las 5 horas pero todavía sin saberlo y luego me entero que tengo una amiga que la corrió en más de 8 horas!

Es un desafio grande como una casa, una locura que no todos pueden vivir, pero que la recomiendo siempre y cuando se hagan todos los chequeos médicos necesarios, tengan voluntad de entrenar durante todo el año y estén bien alimentados. Si cumplen con todo eso, lo pueden hacer.

Sin lugar a dudas que recomiendo vivir esto que yo elegí vivir: ¡la maratón de New York es un premio para el alma! Es un premio a toda la voluntad junta, una fiesta que está increíble.