“No me queda más que agradecer”

Dicen que todo lo bueno empieza con un poco de miedo, y hoy, después del viaje de mi vida, no me caben dudas de eso.

Todo empieza mediante encuentros con tus futuros compañeros de viaje y coordinadores; nervios, expectativas, ilusiones, esperanzas y felicidad es lo que sobra ahí. Ellos, nuestros coordinadores que pasan a ser nuestros hermanos mayores o incluso casi como nuestros segundos padres, intentando en todo momento que nos sintamos en plena confianza, seguros y tranquilos de en dónde estamos y a donde nos vamos a ir, prestándonos atención a cada uno de nosotros, detalle por detalle. Y nosotros, el grupo de chicos que somos una mezcla de emociones, pero que ahí no nos falta seguridad ni felicidad, compartiendo sonrisas y esas hermosas expectativas de lo que se viene.

Lo mejor comienza en el aeropuerto. Cada uno de los que incluimos el viaje sintiéndonos como nunca en nuestras vidas, por emprender un viaje único que sin dudas nos marca de por vida. Ahí estamos todos, fijándonos si tenemos el pasaporte y si no nos olvidamos de nada. Después de muchos trámites que nos ponen aún más nerviosos y felices, nos encontramos ahí, sin poder creerlo, dentro del avión a punto de despegar. Y ya en ese momento nos empezamos a identificar como grupo, como unión, buscándonos entre nosotros y comparando nuestros números de asientos a ver si nos toca con alguien conocido al lado para emprender rumbo a nuestro viaje más soñado.

Aproximadamente 12 horas en un avión pero donde no se nota el cansancio, ni la altura, ni la distancia, cuando al fin llegamos. En nuestro caso, nuestra primera parada fue París. Mágico, no tiene otra palabra que lo describa. Cultura en donde te insertas de lleno a nuevas cosas. Cada lugar es único, cada lugar te da una nueva visión de la ciudad que nunca hubiéramos imaginado. La torre Eiffel, el arco del triunfo, el museo del Louvre, calles para recorrer tomando un café en ese frío maravilloso que aunque parezca mentira, solo logramos sentir en los ómnibus que nos hacen un recorrido por todo París. Y por fin, después de otro largo viaje pero esta vez en bus, llegamos a nuestro lugar más esperado: Cambridge.

Acá no tengo palabras para describir lo que esa ciudad genera en cada persona que la visite, y más aún, cuando “vivimos” allá. Nuestro primer paso para insertarnos de lleno en la sociedad Cambridgeana, es llegar a la casa donde nos quedaremos. Desde el momento en que pisamos nuestra casa por un mes, la gente logra hacernos sentir plenos. Preocupándose también de una forma única por cada detalle de nosotros; preferencia de comidas, salud, como hacernos sentir confortables, como ayudarnos a entender mejor y de a poquito, ese idioma que vamos a utilizar por 30 días sin intervalo.

Al otro día conocemos el colegio. Otro lugar en donde el cuidado hacia nosotros es primordial y esencial para los adultos. Los teachers, nos acompañan y se preocupan tanto como es necesario para que nosotros nos adecuemos a lo que por un mes, va a ser nuestro lugar de estudio. Nos enseñan de múltiples formas, haciéndonos reír, compartiendo anécdotas, integrándonos en todo ámbito posible. Y allí, en esas clases tan divertidas pero con tanto aprendizaje, es donde conocemos a nuestros compañeros; turcos, polacos, mexicanos, chilenos, chinos e infinitas culturas diferentes a lo que acostumbramos ver día a día. Y por supuesto, nuestra mejor arma para entablar una relación con ellos es el inglés. Después de los primeros días, todo es rutina. Pero una rutina inigualable, una rutina que te exige estar a tu 100%, lleno de felicidad y ganas de más. Levantarnos temprano a desayunar e ir al colegio en bus, caminando o incluso en bici. Después del estudio, hay museos, cafeterías, librerías, shoppings, el bowling, y muchísimos lugares más en donde nos abren las puertas completamente para ser nosotros mismos, pero siempre hablando inglés.

Los sábados y los domingos fueron nuestros días de descanso de esta “rutina” que disfrutamos tanto. Nos tomábamos un bus, y nos íbamos a alguna parte de esa Eruopa tan inmensa en donde nos encontrábamos. Aprendiendo de otra cultura, de otro tipo de sociedad, de nuevos lugares que recorrer.

Pero siempre regresamos a lo que en ese momento, era nuestra ciudad. Cambridge, ciudad tan fascinante en todo aspecto; personas dispuestas a brindarte ayuda, lugares únicos e irreemplazables, experiencias que en ningún lugar vas a volver a vivir. Personalmente, no deje ni un momento de sentirme plena, segura, feliz, acompañada, maravillada de todo lo que estaba viviendo. Todo el tiempo aprendiendo cosas nuevas, aprendiendo a ser independientes, aprendiendo a dominar un idioma casi como dominamos el nuestro, comprendiendo nuevos horarios, nuevas tecnologías, nuevas formas de vivir.

Hoy, mucho tiempo después del viaje, me encuentro reviviendo en mi alma cada sentimiento que encontré allá. Y no me queda más que agradecer a Cambridge, a su gente, y a los que después de 30 días se convirtieron en mi gente, mis compañeros de viaje, mis coordinadores, y los que conformábamos en si, el grupo representando a Odile Travel. Ese grupo en el cual risas era lo único que jamás faltó, pero que nunca estuvieron de más. Compañía maravillosa, especial, un apoyo para cualquier momento en que lo necesitáramos, ya sea que nos enfermábamos, que extrañábamos o cualquier semejanza.

Hoy no puedo más que regalarle a las personas un poquito de lo que yo viví y sentí alla, para que comprendan y (si tienen la posibilidad) tomen la decisión de vivirlo en carne propia.

Fui infinitamente feliz. Gracias Cambridge, gracias Odile Travel, gracias grupo Cambridge de febrero 2017 y gracias a mi familia y a la de todos mis compañeros, que nos dieron la posibilidad a nosotros de vivir esta magia.